Veneno para las hadas, de Carlos Enrique Taboada.



Hablar de cine de género en nuestro país es una tarea poco más que difícil y complicada. Algunos de los factores que han contribuido a no tener una industria cinematográfica fuerte (sana primero, enfocada al desarrollo de ideas después) pueden ser: la monstruosa y aplastante producción y comercialización de cintas norteamericanas en nuestra cartelera, el comercio informal, la falta de rigor cultural de los espectadores nacionales, la apuesta por sobre explotar la comedia y el cine narco como garantía monetaria de recuperación de lo invertido y la nula atención del gobierno a desarrollar políticas benéficas para el séptimo arte en México.

Aunque estos argumentos, tampoco son factores de peso como para no intentarlo.

Juan Bustillo Oro, Chano Urueta, Arturo Ripstein y Guillermo del Toro son algunos de los nombres que abordaron el género ante una industria que no vio una veta explotable en esos proyectos, sin embargo, cimentaron el camino y comprobaron que cuando se quiere, se puede.

El Maestro Carlos Enrique Taboada (D.F. 1929-1997) merece una mención aparte debido a la creación de cuatro joyas de nuestro no muy amplio catálogo de cine de terror nacional con calidad de exportación, Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968), Mas negro que la noche (1975) y nuestra reseñada de ahora Veneno para las hadas (1984).

Todas y cada una de ellas (y su filmografía completa por supuesto) representaron en su momento y hasta ahora, la visión de un autor en potencia, cuando los parámetros comerciales dictaban la línea a seguir, cercenando la inventiva de muchos artistas.

Su propuesta fue innovadora, pero sobre todo… atemporal.

En Veneno para las hadas (título fuerte e impactante cabe decirlo), el Maestro Taboada opta por construir el relato desde el punto de vista de Verónica (una excelente Ana Patricia Rojo) y de Flavia (una gran respuesta actoral de Elsa María) es decir, desde la perspectiva de las niñas.

Los adultos son alejados de la historia lo más posible para otorgarle ese aire de verosimilitud (insisto, desde la visión de las niñas) y magia, a los sucesos ocurridos en el relato fílmico.

Flavia es hija única de un matrimonio de clase social acomodada, debido a circunstancias que no interesan conocerse, es inscrita a una nueva escuela, El Colegio Dublín, y es ahí precisamente donde conoce a Verónica, niña huérfana que vive en casa de su abuela (Leonor LLausas) y al cuidado de su nana Carmen, quien en cada oportunidad que se presenta, cuenta (por insistencia de la niña) a Verónica situaciones sobrenaturales que vivió o aprendió en su pueblo. Circunstancias que arrojan a la niña (como una piedra en caída libre) a creer que ella misma es una bruja.

Los días pasan y Verónica poco a poco va ejerciendo gran dominio sobre la ingenua Flavia y todo gracias a eventos desafortunados que van sucediéndose de manera sincronizada según las palabras de la incipiente y joven bruja.

Vaticinar primero el abandono del trabajo de su profesora de inglés Miss Ellis (cuyas causas son meramente personales) después, ayudar a Flavia a deshacerse de la profesora de piano Madame Riccard mediante un pacto con el diablo celebrado en un sótano con velas negras y sangre de por medio para cerrar el trato y hacerlo más creíble (aunque en la realidad del filme, la muerte de la maestra fue debida a un infarto fulminante) entre algunos otros eventos.

Todo parece indicar hasta este punto que Verónica ha logrado su cometido con Flavia y para reforzarlo, la invita a jugar a su casa. En uno de esos juegos, la malvada niña (como una analogía al juego del gato y el ratón) le pregunta si quiere ver como son las brujas en realidad y la conduce a la habitación de su abuela, haciéndola creer que es ella misma, pero en su forma espectral. Flavia no da crédito a lo que ve y a partir de ese instante cree absolutamente en el poder de Verónica.

Flavia se convierte así en una débil rival para la malvada Verónica, quien, al darse cuenta de su fragilidad emocional, abusa hasta el cansancio de ella (construcción atinada y sin artificios del Maestro al dotar de una psique atormentada por su orfandad a la pequeña Verónica).

En cierta ocasión, la nana Carmen le cuenta a Verónica sobre las enemigas naturales de las brujas… las hadas. Alimentando la obsesión de la pequeña, ahora decide elaborar un veneno para las hadas compuesto por tierra de panteón, colas de lagartija, cenizas de cruz, culebras, sapos y muchas porquerías.

La ocasión ideal para formularlo se da cuando las infantas salen de vacaciones. Flavia es obligada por Verónica a llevarla al rancho (Tlaxcala para ser exactos) que pertenece a sus padres.

Y es ahí donde el clímax de la historia se encamina hacia un desenlace que todos adivinamos pero que nos resistimos a creer que ocurra. Punto para insertar la moraleja o mensaje taboadiano (por supuesto que el Maestro acuñó su propio adjetivo) de la historia que acabamos de presenciar...la crueldad inherente en todo niño y sus fatales consecuencias.

Veneno para las hadas es una obra redonda que, pese al paso del tiempo, sigue tan fresca como en el año en que fue filmada. Muchos son los valores de producción que encontramos en este trabajo magistral y de género, que muestra a todo el mundo lo poderoso de una historia simple, con el manejo preciso de los recursos fílmicos y un guion sostenido en lo elemental que compartimos los seres humanos...nuestra psicología interna.

Tocará a ustedes ser partícipes del destino de esta joven bruja y de su inocente némesis en esta pieza maestra de nuestro cine mexicano.

Alex Juárez, cambio y fuera.


Título original: Veneno para las hadas
Año: 1984
Duración: 90 min.
País: México
Dirección: Carlos Enrique Taboada
Guion: Carlos Enrique Taboada
Música: Carlos Jiménez Mabarak
Fotografía: Guadalupe García
Reparto: Ana Patricia Rojo, Elsa María Gutiérrez, Leonor Llausás, Carmen Stein, María Santander, Lilia Aragón
Productora: IMCINE, STPC
Género: Terror. Thriller | Brujería. Infancia. Thriller psicológico.